Setiembre 29, 2010.
El miércoles, un mail de la dirección llegó a mi buzón anunciando que al día siguiente sólo se trabajaría hasta las 2 de la tarde y que el viernes estaría aún por confirmarse. La oficina -por ubicarse en un lugar “altamente sensible”- podría ser afectada por posibles disturbios callejeros. ¿La razón? El veredicto final del juicio de Ayodhya programada para el jueves 30 de Setiembre. Como extranjero, cuesta creer tanta preocupación y alarma por un juicio que puede resumirse en una disputa territorial entre dos grupos religiosos: hindúes y musulmanes.

- ¿Crees que realmente ocurra algo?, pregunto incrédulo a un compañero
- No se puede saber, me responde
- ¡¿Quién sabe?!, me afirma otro.

Sin embargo, los consejos colindan a recomendaciones de un episodio de proporciones bélicas. Me han sugerido comprar comida para por lo menos los siguientes dos días y si es posible los cuatro contando el fin de semana y que por ningún motivo debía salir de la casa. En el periódico, leo que se ha declarado la no asistencia a clases escolares los dos siguientes días. Un grupo de amigos expats habíamos estado planificando un viaje a las playas de Goa pero el viaje empezaba a zozobrar debido al caso Ayodhya. A una amiga española le han pintado un peor escenario que ha decidido cancelar su ticket de bus. Le han dicho que hay ley seca; que de acuerdo a la ley 144 vigente en estos días, no se pueden reunir más de tres personas bajo orden de arresto; que puede quedar atrapada en medio de un motín; que su bus quedará varado en la carretera. El miedo y peor aún la incertidumbre empiezan a mermar los ánimos del paseo. Sin embargo, una amiga chilena está dispuesta a arriesgarse, es al fin y al cabo su despedida de India. Similar posición tiene una amiga francesa que minoriza –bajo no se qué considerandos- el evento que se avecina. Cauteloso decido esperar el veredicto para determinar la compra de mis pasajes, pero tanta seguridad y medidas de alerta y precaución me dicen que nada va a pasar. En mi lógica, cuanto más estás preparado –y esto me parece, estar preparado para un bombardeo- menos posible es que ocurran desmanes.

Febrero 27, 2002.
Pero, ¿Por qué tanto temor en el país? El antecedente próximo no es muy lejano y deja entender el por qué de la preocupación en la población. En Febrero del 2002, un tren proveniente de Ayodhya es asaltado por una turba de musulmanes en Gujarat (norte de India). En el ataque, 59 hindúes mayoritariamente mujeres, niños y ancianos mueren quemados. Para algunos profundos seguidores de la ley del talión, aquel incidente sirvió de combustible para encender la latente discordia entre musulmanes e hindúes. El saldo provocado por la venganza de uno y otro bando dejó 790 musulmanes muertos, 290 hindúes muertos y decenas de lugares –mayoritariamente mezquitas y templos- destrozados.

Es pausible entonces entender que pasado apenas ocho años, los eventos de Gujarat están frescos en la mente de las personas. El veredicto de Ayodhya determinaría si el terreno en disputa es un lugar hindú o musulmán; lo que a su vez podría provocar la reacción violenta de un sector no conforme con la resolución. En mi lógica, si el destino de Ayodhya está en la Corte, no habrá una posible solución conciliadora sino todo lo contrario, un resultado de perdedores y ganadores. En mi lógica, hubiese resultado más oportuno un Poder Ejecutivo decidiendo sobre el terreno (museo, centro de estudios religiosos, memorial, templo-mezquita) que un Poder Judicial decidiendo quién es el beneficiario. Pero las cosas ya están en curso y es comprensible el temor.

Diciembre 6, 1992.
El veredicto de Ayodhya es el resultado de muchísimos años de investigaciones luego de producirse la destrucción de la mezquita Babri por parte de hindúes Karsevaks quienes reclaman que el lugar es un lugar santo para los hindúes dado que allí nació el dios Rama (sétima encarnación del dios Vishnu y cuya vida da origen al Ramayana). Aquella vez, la destrucción de la mezquita por los hindúes resultó ser el desencadenante de la violencia y la consiguiente muerte de alrededor 2000 personas en todo el país.

Previo a l incidente, el tema había sido manipulado políticamente y había servido para que el partido político y nacionalista BJP obtenga votos a través de un discurso religioso que prometía la recuperación del templo. Precisamente, aquel Diciembre del 2002, el BJP dirigía una ceremonia simbólica de la reconstrucción del templo cuando se desencadenó el tumulto y la posterior destrucción de la mezquita.

Los eventos de 1992 y 2002 inquietan a la población. Desde el Primer Ministro Singh hasta el más famoso de los famosos en India -el actor Big B- han llamado a la calma. La pregunta es si después de estos años, los indios –musulmanes e hindúes- pueden demostrarse así mismos que la democracia está sobre la religión, que tienen la suficiente hidalguía de aceptar el veredicto y que la intolerancia religiosa está siendo dejado de lado. Sin embargo, en mi lógica, si mis amigos de la oficina no saben cuál será la reacción, es quizás porque el fanatismo sigue latente y vigente en ambos lados.

Setiembre 30, 2010.
Es el día del veredicto y la oficina cierra a las 2pm como fue previsto. Paso por el supermercado y la veo atiborrado de clientes. Pregunto a los cajeros si el supermercado estará abierto en la tarde o al día siguiente pero la respuesta sigue siendo de incertidumbre.

- Todo depende ji, me dicen.

La espera del veredicto en mi casa aburre y pronto me quedo dormido. A las 5pm despierto, reviso el Internet y leo que la Corte ha decidido dividir el terreno en 3 partes: una para los musulmanes, otra para los hindúes y una tercera para un grupo que desconozco quiénes son. Me parece saludable y salomónico. Pero ¿Y las reacciones? ¿Las revueltas?, ¿La violencia? Ningún periódico online funciona lo suficientemente bien para saber qué sucede en las calles. Decido salir y Bangalore luce desértica. India se ve tan extraño sin tiendas, sin ambulantes y sin gente. No es India.

En la noche me entero mejor de lo sucedido. En realidad ha sido una decisión más proclive al interés hindú. El tercer tercio ha sido ofrecido a un grupo específico de hindúes mientras que la bóveda principal del lugar será para el dios Rama. Las reacciones musulmanas no han sido las más conformes pero no ha existido ningún tipo de violencia en las calles.

Octubre 1, 2010.
Al día siguiente, India vuelve a ser la misma: vacas, perros, motos, mototaxis y personas se apoderan de las calles. Yo debo ir a trabajar y decido que me voy a Goa. No he leído ninguna noticia de las pérdidas económicas por paralizar un país, aunque se haya tenido que hacerlo por precaución. Sin embargo, el juicio de Ayodhya me recuerda al eterno conflicto de Jerusalén. Me pregunto si lo de Ayodhya es un caso cerrado. ¿Por qué construir una mezquita sobre un lugar considerado sagrado para los hindúes? En mi experiencia se va formando una opinión: Las religiones -sin importar el credo- me siguen confirmando que más allá de la buena prédica son instituciones intolerantes cuya historia está teñida de violencia y sangre, de imposiciones dogmáticas que enceguecen y en ciertos momentos y tiempos, embrutece a las personas. Un problema que ni el propio Gandhi pudo resolver del todo y que significó la terrible partición del British Raj en India y Pakistan.

Epílogo: Dios litigante
El juicio me revela una nota curiosa. El demandante del terreno es el propio dios Rama. No, no es una congregación, no es un templo, ni tampoco una hermandad. Es el propio Rama quien demanda ante la Corte un derecho propietario. ¿Son los dioses personas jurídicas en la India? Aparentemente sí; la Corte así lo ha estipulado.

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Ayacucho significa en quechua "rincón de muertos" y nunca un nombre fue tan dolorosamente profético. Debe haber sido 1998 cuando visité por primera Ayacucho. Ya habian pasado seis años de la captura de Guzmán, el líder terrorista de Sendero Luminoso que había iniciado desde esta ciudad, en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, un espiral indiscriminado de sangre y dolor. Cuando visité Ayacucho, la ciudad seguía olvidada; no había todavía mayores reinserciones ni había sido poblado por ongs; aún no se hablaba de la violencia barrial; y todos te miraban sigilosos. Con quienes hice amistad o trabajé en Ayacucho tenían un relato de tragedia, una perdida cercana. Solía quedarme sin palabras, sin respuestas inundado de culpa. En ese entonces, era como si Ayacucho hubiese perdido una generación que trabaje por ella; era una ciudad de viejos y una ciudad de niños, sin adultos jóvenes. Mientras trabajaba en Ayacucho, fui testigo de la primera caravana organizada de retorno luego de la migración forzada. Ayacucho empezaba a "repoblarse" no sólo de quienes fueron forzados a salir por la violencia, sino de limeños y extranjeros alentados a trabajar en aquel rincón de muertos. La ciudad se transformaba; el debate y los resentimientos surgían entre los que se fueron y los que se quedaron, entre la tradición y la modernidad, entre lo local y lo foráneo.

Volví a Ayacucho varias veces más. He recorrido su tierra desde Huamanga hasta Huanta al norte; he visitado la zona de bravos jinetes Morochucos por Cangallo; más allá hasta Vishchongo y Vilcashuaman donde me relataron cómo una moneda al aire lanzada por terroristas decidió la desdicha de Vilcas; he pasado Quinua hasta llegar a Tambo y mucho más allá hacia la selva de San Francisco donde extrañamente pasé a Kimbiri, Cuzco para de nuevo aparecer en Savia, Ayacucho. Recuerdo el regreso en un lanchón (camión de plataforma) junto con una fila de delincuentes esposados y resguardados por policías porque no había otra forma de transportarlos. He ido por el sur a Puquio y Aucará, esa zona inaccesible desde Ayacucho que sólo es posible de ser visitado saliendo a Ica en la costa para volver a entrar a la sierra. He viajado desde Ayacucho hasta Andahuaylas por serpentinos y finísimos hilos que fungían de carreteras, donde era mejor bajarse en ciertos tramos y donde me contaban que los lunes, miércoles y viernes se viajaba de subida mientras que los martes y jueves eran de bajada para evitar que los vehículos se encuentren cara a cara.

En Ayacucho descubrí un hermoso lugar escondido y poco explorado para el viajero. La ruta Ayacucho-Vilcashuamán es en mi opinión uno de los mejores lugares del Perú aunque se advierte la ruta no es nada fácil. La aventura parte en Ayacucho, la zona más rica del país en artesanía: retablos, cerámica, textiles, tallado y escultura. Visitar el distrito de Quinua, el barrio de Santa Ana y la propia ciudad de Ayacucho es ideal para descubrir el arte ayacuchano y conseguir un buen recuerdo. Quinua es cerámica; busque uno basado en los colores tradicionales: blanco y rojo ladrillo; los motivos pueden ser diversos pero casi siempre costumbristas o religiosos. Descubra en Ayacucho los retablos, esas cajitas que develan arte; note aquellos que son hechos a mano y no basado en moldes; lo notará en la finura del diseño y la originalidad del trabajo. Pregunte por las tablas de Sarhua, arte popular en madera que se ha adaptado a los tiempos. También los tallados hecho de piedra huamanguina. Suba al barrio de Santa Ana; observe y si puede compre (los precios no son modestos) alfombras o tapetes con los más intricados diseños casi en tres dimensiones.

Deguste tunas rojas, blancas, verdes, naranjas y amarillas si es época; pruebe el japchi, ese amasijo verde de queso y papas que debería fácilmente competir en sabrosura con la huancaina o la ocopa; saboree un puka picante que no es más que un guiso sabroso de papas en salsa roja; y si es más atrevido, intenta tomar una sopa de mote y mondongo que incluye panza, tripas y ojos de cordero que te miran culposo cuando engulles la presa. Más histórico, puede visitar las ruinas de Wari o algunas de las 33 iglesias de la ciudad (sin contar que este post no dio para hablar de Semana Santa).

La ruta se extiende hacia Vilcashuamán (Halcón Sagrado). El transporte no es el mejor. Una combi que parte cuando se llena y sólo por las mañanas te da derecho a viajar con la sensación de estar en una gran lavadora. La carretera es pésima y si es periodo de lluvias, pueden ser una tortura. Cuando llegas a Vilcas luego de 5 horas de viaje desde Ayacucho (aprox. 100 Km.), estás en el corazón de una importante llajta inca (ciudad inca) resistente al paso del tiempo. Los restos arqueológicos de edificios piramidales rememoran inmediatamente la técnica casi perfecta de los incas parar amoldar grandes piezas de piedra. Además del templo del Sol y la Luna, destaca el Ushnu, una construcción piramidal truncada en cuya cima reposa una silla de piedra donde se asume se sentaba el inca con su colla para presidir las ceremonias y reuniones.

No suele llegar mucha gente a Vilcas; una impresionante iglesia católica construida sobre el templo inca resume la imposición de una cultura sobre la otra. Al frente, una comisaría testigo de varios ataques senderistas ahora parece renuente a recordar lo qué pasó; sólo a unas cuadras, un cementerio cuyas lápidas se concentran en la década de los ochenta te deja sin aliento y desesperanzado. Vilcas fue un centro de propaganda de Sendero Luminoso desde mucho antes de iniciada la guerra popular en los ochenta. Atacada varias veces, en mi memoria ha quedado aquella imagen de la exposición fotográfica Yuyanapaq donde un campesino enrolla la foto de Belaunde en medio del local municipal de Vilcas totalmente destruido.

En el trayecto a Vilcas, se encuentra Vischongo (casi 1 hora antes de llegar a Vilcashuamán). No espere ni siquiera pobres hoteles. Cuando lo visité sólo existía la casa de un ex-profesor sobreviviente de la guerra. Su casa funge de hospedaje, limpio sin mayores servicios. Lo peculiar, cada cama lleva una bacinica al pie para no salir a la intemperie de la madrugada hacia los baños que se encuentran fuera. Vischongo es el punto de partida para el Bosque de Titankas. La titanka no es otro más que la Puya Raimondi. Siempre pensé que la Puya Raimonindi - árbol raro que sólo florece una sola vez en la vida- sólo podía encontrarse en Ancash, pero perdido entre los cerros de Vischongo se encuentra un bosque de estos poco comunes árboles que maduran a la edad de cien años para producir en una sóla vez alrededor de 8 mil flores con la cual aseguran la prolongación de su existencia. Extensas pampas de puyas. Claro, no imagine encontrar todas las puyas en fase adulta de florecimiento como se conoce en las fotografías. La caminata empieza muy temprano en la mañana, casi a oscuras y el bosque sólo puede ser alcanzado después de 3 horas de caminata (eso depende del ritmo de cada uno, así que bien podrían ser 2 o 4 horas). En el camino notará que las puyas son quemadas en su base porque el ganado suele enredarse entre las pencas y espinos de la base, lo cual hizo la creencia que estos árboles eran carnívoros. Cerca de Vischongo se encuentra las ruinas de Intihuatana que ojalá tuviese la atención que otras ruinas incas. Es un lugar sin poca atención, una promesa turística que ha quedado abandonada en medio de la guerra civil desencadenada en los ochenta.

Ayacucho es un lugar de hermosos paisajes y una rica tradición en arte, comida y costumbres pero es a la vez un encuentro con el lado más oscuro de la humanidad; un encuentro con la pobreza, el olvido y la violencia que desempolva el existencialismo, que conmueve, que te hace sentir culpable, un Vallejo.

*Porque fue un viaje que realicé mucho tiempo atrás, los siguientes links me sirvieron de apoyo. Sugiero su lectura si hay interés de visitar: http://www.arqueologiadelperu.com.ar/vilcas.htm
http://blog.pucp.edu.pe/item/96130/la-historica-ciudad-de-vilcashuaman
http://www.travelblog.org/South-America/Peru/Ayacucho/blog-252446.html

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If I had to write a post about The Hague, barely five lines would be enough. One line to warn you that The Hague is the political capital of Holland where the Parliament and the Queen's little house are; other line to mention that the famous International Court - that resolves conflicts such as the ocean dispute between Peru and Chile- is placed there; a third one to recommend you that there is a fascinating museum dedicated to the brilliant Escher; a fourth one to invite you to walk through the Scheveningen’s dunes and artificial beaches, and finally, one to suggest a fleeting visit to Delft. I was in Holland for 18 months but never lived there. I lived in a bubble, package away and oblivious to what was happening in that orange country. Can you imagine it? To live in a bubble during eighteen months.

In my bubble, I never needed to work but there was money available in all the ATMs. Studying was a good excuse to live barefoot and without an umbrella. The beers grew wild in the corners. I smelled, heard, licked, touched, flew (or tried) everything that I could reach. I was happy shaking soft black, pale yellow, raw white, toasted cinnamon and rough blue hands. I comprehended that beauty comes in many colors; that we were so exactly alike in a laugh. I discovered richness in every curve of the world, in many different shapes and diverse scents. I sowed friends across continents. I thank for the confidence. I was a collector of secrets. Soon I realize that all hearts beat more or less the same. I was happy waking up at 115. But if you ask me what my home address was, I would not know what to say.

I used to leave my bubble once a week to stock up on food at a place called Albert Heijn (if I’m writing it well) and came back soon after “putting” among my buying, a good piece of steak. Thinking twice I would have done more master’s studies. When I recall The Hague, I think I should have embraced more colors, tasted more flavors, worn more disguises, climbed not one but two trees or swam more in the chilly ocean. I found that when it rains, everybody gets wet without difference; that the warmth of a hug is warmer when it comes from four arms. I was happy waking up at 115 at noon. However, if you ask me how to say "hello" or "friend" in Dutch, I would not know what to say. So, about Holland I could not tell much more than cheese, tulips, sex and marijuana. What a tourist can tell you after visiting Amsterdam in a weekend.

In this bubble, my skills woke or increased exponentially. I baked yummy dishes; played better the ball; synchronized better my dancing. I was even more attractive or less repulsive - as you want to see it. How many times I woke up at 115 at noon and went back to sleep till very late at night. In my bubble, there was no timetable. I would have liked there was no time at all. When I think about The Hague, I think I should have eaten less wheat and drunk more barley.

In my bubble I lived a brotherhood. Many of us felt (more) socialist. Of course, sometimes it sounded foolish and pretended. Nevertheless, from the bubble, we thought we could change the world. Maybe it was true: we played at being “bearded”; romantic left-wing followers, but I discovered that there is no much difference between your dreams and mine. I would have liked to believe in revolutions, those that start from the bottom and from the left. But if you ask me what model of development we must follow to alleviate poverty, I must confess, I would hesitate what to say.

Of course, there were dark moments; gloomy and swampy things that flooded my bubble, but I can not complain and just accept the consequences. I knew the pain and bitterness. I also realized then I could cause much pain and understood how heavy the guilt may be. I found no difference between your tears and mine; that we are all so helpless when naked. However, if you ask me if we behave in this way by nature, I confess, I would not know what to say. I believe if I put all on the scale, those good moments would outweigh those bad ones. But bubbles are neither eternal nor rooted on the ground. One day I woke up and it was not the 115. I was in India.

*The international Court pic was taken from Dorus, my flat. **Text is influenced by "Instants" (whose urban legend says that it was written by Borgues) and "We are all water" (Yoko's lyrics but never ever you should listen the song).

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Si tuviese que escribir un post sobre La Haya me bastarían apenas cinco líneas. Una para advertir que La Haya es la capital política de Holanda donde se encuentra el Parlamento y la casita de la Reina; otra línea para mencionar que también se ubica la famosa Corte Internacional que resuelve conflictos como el del mar entre Perú y Chile; una tercera para recomendar que existe un fascinante museo dedicado al genial Escher; una cuarta para invitarte a caminar por las dunas y playas artificiales de Scheveningen, y finalmente, una para sugerir una fugaz visita a Delft. En Holanda estuve durante 18 meses aunque nunca viví en ella. Viví en una burbuja; encapsulado, lejos y ajeno a lo que sucedía en ese país naranja. ¿Se imaginan? Una burbuja por dieciocho meses.

En mi burbuja, nunca necesité del trabajo pero había dinero disponible en los cajeros. Estudiar fue un buen pretexto para vivir descalzo y sin paraguas. Las cervezas crecían silvestres en las esquinas. Olí, escuché, lamí, toqué, aluciné (o traté) todo lo que estuve a mi alcance. Fui feliz estrechando manos negras suaves, amarillas pálidas, blancas crudas, canelas tostadas, azules callosas. Percibí que la belleza viene en múltiples colores. Que somos tan iguales todos en una carcajada. Descubrí riquezas en cada esquina del mundo, en los más variados matices y en los más diversos olores. Sembré amigos por todos los continentes. Agradezco mucho la confianza. Fui un coleccionista de secretos. Descubrí pronto que todos los corazones laten más o menos lo mismo. Era feliz despertando en el 115. Pero si me preguntas, cuál fue la dirección de mi casa, no sabría qué decirte.

De mi burbuja bajaba una vez a la semana para abastecerme de víveres en un lugar llamado Albert Heijn (si se escribe así) y regresaba raudo luego de sustraerme entre mis compras un buen filete de lomo. Hubiese querido hacer más maestrías. Cuando recuerdo La Haya, pienso que debí haber abrazado más colores, vestido más disfraces, probado más sabores, trepado no uno sino dos árboles o nadado más en el gélido océano. Descubrí que no hay diferencias cuando la lluvia nos moja. Que el calor de un abrazo es más cálido cuando viene de cuatro brazos. Era feliz despertando en el 115 al mediodía. Pero si me preguntas cómo se dice “hola” o “amigo” en dutch, pues no sabría qué decirte. Así que de Holanda no les contaré mucho más que quesos, tulipanes, sexo y marihuana. Lo que un buen turista podría contarles visitando un fin de semana Ámsterdam.

En esta burbuja mis habilidades despertaron o exponencialmente incrementaron. La comida me salía deliciosa, jugaba mejor el balón, sincronizaba mejor bailando. Hasta fui más atractivo o menos repulsivo como quiera verse. Cuantas veces desperté en el 115 al mediodía para volver acostarme hasta muy salida la noche. En mi burbuja, no había un horario. Hubiese querido que tampoco existiese el tiempo. Cuando pienso en La Haya creo que debí comer menos trigo y beber más cebada.

En mi burbuja se vivía un ágape. Muchos nos sentimos (más) socialistas; por supuesto, a veces sonó angurriento y posero, pero desde la burbuja, pensábamos que podíamos cambiar el mundo. Quizás fue cierto, jugábamos a ser unos barbudos; unos románticos izquierdistas. Pero descubrí que no existe mucha diferencia entre tus sueños y los míos. Hubiese querido creer en las revoluciones; esas que parten desde abajo y desde izquierda. Pero si me preguntas qué modelo de desarrollo debemos seguir para aliviar la pobreza, lo confieso, dudaría qué decirte.

Por supuesto, hubo episodios estresantes con amanecidas dobles de trabajo académico para cumplir reportes de cómo mejorar como humanos. Al fin y al cabo, de eso se trata una maestría. Me di cuenta paulatinamente que la tragedia peruana es la tragedia indonesa como lo es la tragedia sudanesa. Pero si me preguntas si creo que existen posibles soluciones a nuestros conflictos, te confieso preferiría quedarme en silencio.

Por supuesto, también hubo momentos difíciles, oscuros y pantanosos que inundaron mi burbuja, pero no puedo quejarme y sólo asumir las consecuencias. Conocí el dolor y la amargura. Supe que puedo hacer mucho daño y conocí lo pesada que puede ser la culpa. Descubrí que no hay diferencias entre tus lágrimas y las mías; que somos todos tan indefensos cuando desnudos. Aún así, si pusiese todo en una balanza, estoy seguro que pesarían más esos buenos momentos. Pero si me preguntas si somos así por naturaleza, te confieso, no sabría qué decirte. Las burbujas no son eternas ni tampoco realidades enraizadas. Un día desperté y ya no era el 115. Estaba en India.
*Foto tomada en el Museo de Escher. **El texto tiene influencia de "Instantes" cuya leyenda urbana asigna autoría a Borgues y "Todos somos agua" de Yoko cuya letra recomiendo leer pero jamás se atrevan a escucharla .

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Como una especie de jet lag eterno, tengo serias dificultades para acostarme y levantarme temprano. Sin embargo son las 7am, el sol ya lo inunda todo y el bochorno empieza a crecer. Aunque me encuentro en Bangalore, la ciudad india climáticamente más amigable, la primavera bordea los 35 grados y el verano promete llegar a los 40 con facilidad. El trayecto a la oficina es sencillo, a escasos 5 minutos en bicicleta; sólo debo esquivar algunas vacas que siendo sagradas andan circulando libres por las calles de mi distrito.

La primera cosa que debo hacer al llegar a la oficina es “marcar tarjeta” a través de un sistema informático creado por la oficina de recursos humanos. Es el primer trabajo donde debo registrar la hora de ingreso y salida, un detalle de las actividades que hago y el tiempo que dedico a cada una. Si sobrepaso los 500 minutos de tardanza empiezan a descontarme días de vacaciones. Es un trabajo burocrático el cual detesto pero a la vez vivo resignado. Enseguida una lectura de periódicos locales y peruanos, la revisión del mail y la apertura del Messenger. Preparo mi desayuno (usualmente cereal y yogurt) y empiezo a trabajar. En estos días debo hacer unos reportes de la educación de 19 estados de la India para un evento que se realizará en Delhi, en el cual también participaré. Estoy emocionado porque será la oportunidad de conocer el Taj Mahal.

Mientras empiezo, la “maid” limpia la oficina. He querido hacer contacto visual para saludarla por respeto pero es imposible. Además de no terminar de entender las sutiles líneas de confianza y respeto que existe entre los sexos, a veces siento que atento la privacidad y sobre todo las demarcadas reglas de jerarquía que existe en la sociedad india.

Cuando son las 10am, se va la electricidad. India sufre un problema de energía y los cortes son comunes en todas las ciudades por lo que las oficinas y negocios cuentan con grupos electrógenos y baterías para las horas de recorte. Para enfrentar el serio problema energético, en mi ciudad por ejemplo, todo nuevo edificio está obligado por ley a tener un panel solar. En mi oficina, las baterías sólo proveen energía a las computadoras, lo que significa que nos quedamos sin ventiladores. A los minutos empiezo a sudar como si estuviese en un sauna. Manos húmedas, hilos de sudor donde mis brazos se apoyan y gotitas del mismo en el pecho. Mis compañeros se quejan pero tienen más asumido que India, sencillamente, es así.

A las 11:00 u 11:30 regresa la luz y los ventiladores son un alivio. Sigo avanzando mis reportes hasta la hora del almuerzo. Esta vez no he llevado mi comida por lo que decido salir con mis colegas indios. El lugar escogido es Nandini , un restaurante especializado en comida venida del estado de Andhra Pradesh. Las calles están semi-desiertas y muchos establecimientos se encuentran cerrados. La razón es que es mediodía del viernes, día de descanso y hora de oración para los musulmanes.

En el restaurante, hemos pedido thaly que significa plato. Es una típica comida que con variantes es muy extendida en toda India. Nos sirven sobre hojas de plátano - característica habitual del sur de India- arroz con ghee (especie de aceite o mantequilla derretida), dhal (lentejas), sambhar (especie de caldillo), papad (especie de tortillas muy delgadas), razam (otro caldillo) y curd (especie de yogurt). El dhal es muy picante y requiero beber agua constantemente, aún así es delicioso combinado con arroz y papad. Aunque para reducir el efecto de la comida condimentada y picante es recomendado beber el curd, no suelo hacerlo por una psicológica y convenida alergia que tengo a los derivados de la leche. Tampoco uso las manos para comer como lo hacen mis colegas pero es más un tema de practicidad.

La tarde pasa sin nada espectacular, salvo algún corte adicional de luz con su respectiva transpirada. Es el segundo viernes del mes, lo que significa que no debo trabajar el sábado. En la oficina se descansa los segundos y cuartos sábados de cada mes. A las 6 en punto salgo disparado de nuevo en bicicleta; el tráfico empieza a crecer vertiginosamente. Llego a mi casa, cojo mi mochila y de nuevo a la calle en dirección a la piscina. Me esperan 45 minutos de bicicleta pero esta vez no son vacas sino cientos de motos que se cruzan e invaden todo centímetro de las pistas e inclusive las veredas y en sentido contrario. El sonar de los claxon es constante y la polución se puede sentir secando y raspando la garganta. Muchos optan por usar pañuelos sobre la cara. Las motos con una, dos y hasta familia entera de cinco personas transitan raudas por las calles. La ley obliga sólo al conductor usar el casco. Para un ciclista como yo, una combinación de peatón sobre ruedas, no existen reglas específicas, por lo tanto las veredas y pistas son accesibles y los semáforos inexistentes.

La piscina es limpia aunque con desbordante cloro. Varios instructores enseñan atentamente y “poseramente” a los principiantes. Sin embargo, dentro de ella, todos nadan en desorden: se cruzan, invaden, chocan debiendo estar constantemente atento. La piscina como no podía ser de otra manera es tan caótica como la calle misma. Siento que estoy en la India acuática. A diferencia de Hyderabad, en esta piscina de Bangalore, hombres y mujeres pueden nadar juntos. Los trajes de baño de las mujeres suelen llevar una falda sobre la calzoneta muy parecido a los trajes de las mujeres tenistas; otros modelos llegan hasta los tobillos mientras algunas prefieren usar un short de lycra debajo del traje de baño.

60 minutos de submarinos chocones y otros 45 minutos de bici a casa para alistarme a salir. Como cada viernes y sábado hay fiesta organizada para los expats (ex-patriados) del mundo viviendo en India. No suelo ser asiduo pero hoy hay fiesta latina; la primera en organizarse en Bangalore, al menos es lo que dicen. Una de las razones, el alto número de latinoamericanos que han empezado a llegar a Bangalore. Parte del crecimiento de los call-center que requieren hispanohablantes que puedan atender llamadas provenientes de USA y Canadá. Es un fenómeno industrial, global y liberal que otorga a India y principalmente a Bangalore una aparente bonanza económica. Muchas transnacionales prefieren invertir industria, sucursales y oficinas en India donde la inversión, mantenimiento y mano de obra resulta ser más barata que en los países de origen. Así, en pocos años muchas transnacionales han abierto sucursales en India, principalmente en el área de tecnología y comunicación. India vive un aparente progreso y Bangalore se ha convertido por excelencia en la ciudad IT siendo llamada el Silicon Valley de India.

Llevo mi segundo año y no he encontrado un peruano en Bangalore, aunque si me he comunicado con alguno en Mumbai y otra en Delhi. El grueso de personas latinas que ha empezado a llegar viene por trabajo en call-centers o por intercambio de universidad. La mayoría proviene de Chile; le sigue México. Somos poquísimos pero somos. Las fiestas expats se realizan en grandes hoteles de lujo o exclusivos pubs donde se combinan turistas, expats y la joven clase alta de India. Es otra cara de país donde no encuentras sarees, dotis o salwars sino todo lo contrario ropa de marcas occidentales, cervezas internacionales y barbacoas. La condición de expat te hace tener un vínculo con los que no somos de India. Compartimos de alguna manera las mismas satisfacciones y frustraciones pero no necesariamente la misma perspectiva sobre el país. El flujo de expats es sorprendente. Cada mes, así como vienen se van; las amistades son fugaces. Las conversaciones suelen ser comunes: cuánto tiempo llevas, cuánto tiempo más estarás, qué tipo de visa tienes, qué problema con la visa tienes, qué haces; a lo que se suma las mil divertidas anécdotas y “quejas” sobre la cultura India. Muchos vienen atraídos por la reserva espiritual, la riqueza cultural, la exoticidad del país pero en Bangalore también cuenta venir para hacer negocios, hacer dinero y por último depredar India. Estos pocos, viven acuartelados en hoteles y clubes sacando el máximo de provecho al sueldo en moneda extranjera y los gastos en moneda local.

La fiesta no resulto lo que imaginaba. Poner a Shakira y Ricky cantando en inglés fue lo más latino que pudieron ofrecer además de los exóticos tequilas y mojitos. Como no sorprenderá no existe pisco ni siquiera aquel aguardiente de uva del país sureño. Llega las 11:30 y la fiesta empieza a terminar. Es lo usual. No existen muchos locales que se extiendan más allá de la medianoche. La fiesta continuará en alguna casa particular con los llamados “after party”. Nunca falta un expat que está de despedida, otro que anda muy ebrio o alguno con necesidad de socializar y hacer amigos. He decidido no continuar la fiesta. Me regreso a casa. La salida requiere negociar mucho con los choferes de autorickshaw (mototaxis) que buscan incautar a algún ebrio o recién llegado expat que no conozca la ruta.

Esta es mi India cotidiana, con la que vivo el día a día, lejana de ese grandioso y majestuoso círculo turístico pero que me hace comprender mejor los dilemas y encrucijadas de un país que se menea entre la tradición y la modernidad, entre la extrema pobreza y la extrema riqueza.
*Brigade Road, corazón comercial de Bangalore, India

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Luego de dejar mis sandalias en la entrada como muestra de respeto, entro a la casa de mi jefe. Muy amable me presenta a su esposa y la invita a conversar con nosotros. Le dice que soy peruano, que llevo un año viviendo en la India. Ella me saluda cortésmente y me dice que le gustaría visitar Machu Picchu. A diferencia de lo que alguna vez relaté en ¿Donde está el Perú?, tanto mi jefe como su esposa empezaron a conocer sobre el país –para mi sorpresa- a través de Tintín y sus aventuras. La esposa aunque dubitativa, me ha lanzado su primera pregunta:

- En el Perú, ¿la gente es físicamente como tú?

La pregunta no me sorprende del todo. Nadie en la India o Europa ha atinado saber de dónde soy y cuando alguien se atreve a adivinar mi procedencia, cada respuesta es absolutamente una bala perdida. Me han llamado desde italiano hasta japonés. Es claro para todos que no soy de algún país africano ni tampoco uno nórdico. Llevo un record poco estricto de las suposiciones de las personas:

1. Que soy de Japón
2. Que soy de China
3. Que soy de España

Como verán, quizás se pueda pensar que lo que destaca de mis rasgos físicos es tener los ojos rasgados. Apoya esa idea que viviendo en Lima de tanto en tanto haya habido algún cobrador de combi que me dijese “al fondo entran cuatro, chinito”. Sin embargo, no tengo los ojos (tan) rasgados a menos que me levanten un domingo a las seis de la mañana luego de un rompe y raja sabatino. Pero al parecer tampoco parezco un “típico peruano”, aquella imagen exportada en postales y revistas de turismo. Un persona del ande. Cierta vez estando en una fiesta, un español me decía precisamente que no parecía peruano. Cuando le pregunté por qué, me dijo que no tenía cara indígena. Me preguntó por mis apellidos y me dijo que debía tener mucho de español corriendo por mis venas.

Pero ostias! tampoco parezco un español. Ni tez blanca, ni barba, coño! Sin embargo, conversando con un amigo indio, él percibía que mi color de piel era más cercano a una persona de España que a una de India. Quedé desconcertado. Yo percibía que mi color de piel era más cercano a la de un indio que a la de un español, a pesar de la falta de bronceado. Mi amigo indio asumía que en Perú se tenía piel blanca o aquella cobriza como la de un descendiente inca. Yo le explicaba que a diferencia de los británicos que rara vez se relacionaron con gente de sus colonias, los españoles si lo hicieron creando mestizajes y que en realidad el tono de piel española era mucho más clara que la mía.

A estas alturas, habiendo conocido varios países y diferentes personas de innumerables lugares, yo tengo mi propia conclusión sobre mi aspecto físico:

1. Que podría ser de Tailandia
2. Que podría ser de Filipinas
3. Que podría ser de Indonesia

Una vez quien fue mi novia me escribía feliz desde Bangkok diciéndome que estaba rodeada de muchos que se parecían a mí. Me dio gracia y no gracia imaginarla con algún monje budista de Tailandia. En mi maestría conocí a muchos filipinos que hubiese jurado pasaban como peruanos. Al fin y al cabo, fueron durante más de un siglo colonia española y se puede aún encontrar apellidos castellanos como el mío. Finalmente, he visto también afinidad con los indonesios que quién sabe quizás pudieron llegar cruzando el Pacífico, aunque como suelo decir más que un indonesio yo parezco un indio-necio.

Responder a la esposa de mi jefa no iba a ser sencillo ¿Como traduces al inglés aquella frase que lo explica todo: que en Perú, quien no tiene de inga tiene de mandinga?

- “Los peruanos físicamente si son como yo pero no son como yo” - balbuceé.

Le expliqué que en mi país hay blancos como yo, hay chinos como yo, hay cobrizos como yo y hay negros como yo. Que además nos hemos mezclado y que hay mestizos, mulatos, zambos como yo. Que Perú se compone de una mezcla de españoles y andinos pero también de africanos y asiáticos traídos como esclavos hace siglos atrás. Que ella misma podría pasar como peruana. Que Perú es eso, una tierra de donde a diferencia de las colonias británicas, todos nos hemos mezclado. Que finalmente no me sorprende que no le atinen a mi nacionalidad. Que los peruanos somos eso: todas las sangres todas.

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Cuando empecé a conocer el Perú, aún no tenía cámara. Mucho menos tenía alguna noción básica de fotografía. Muy lejos estaba de escribir un blog. El primer gran viaje lo hice de estudiante universitario basado en propinas de la abuela. Han pasado doce años desde entonces. Para cuando empecé a transitar fuera del país ya había recorrido buena parte de su territorio conjugando trabajo y placer. Al 2010, puedo decir que conozco todo menos dos regiones del país. Este post es mi ranking personal sobre los tres mejores lugares que he visitado del Perú. Los criterios que me guían son aquellos lugares que combinan riqueza natural y han sido poco explorados; son por tanto novedoso frente a lo tradicional; una alternativa a bellos pero comunes lugares turísticos.

Pacaya-Samiria.- creo que no existe mayor servicio para el turista pero eso significa mucho para un viajero. Si realmente quieres entrar en contacto con la selva, tienes que visitar la selva baja. Lo vi por primera vez en un programa de televisión bajo el nombre de la Selva de los Espejos. No hay mejor calificativo para lo que uno encuentra en esta región omagua. La travesía se realiza a través de un río de aguas negras que refleja perfecta y nítidamente lo que existe sobre cubierta. Disparar al azar una foto sobre el horizonte produce escenas simétricas donde difícilmente se identifica cual es el reflejo y cual lo real. El efecto lo generan las aguas negras del río Yanayacu que deben su color a las hojas, tallos y seguro insectos que se pudren en sus aguas casi estancadas. Sólo la entrada es llamativa porque las aguas marrones del Amazonas y Ucayali dan paso a un pequeño torrente de aguas negras que dan aviso que estés entrando al Pacaya-Samiria.

Aunque no topamos con ninguna lluvia, el recorrido debimos haberlo hecho entre Octubre y Abril dado que toda, realmente toda la selva se encontraba inundada. Esto imposibilita la vista de grandes mamíferos terrestres como jaguares pero posibilita la vista de otro tipo de vida más acuática. En el trayecto los delfines rosados de joroba se volvieron aburridos de tanto ser vistos, taricayas en clásica pose de trencito tomando sol, juguetonas y curiosas nutrias gigantes de río y desde los árboles diversos tipos de simios, perezosos y papagayos.

La primera noche la pasamos en el local comunal de la comunidad ubicada a la entrada del río. Unos mosquiteros hacían de dormitorio. Recuerdo el miedo a medianoche cuando una enorme ave que supuse alguna águila o lechuza decidió posarse sobre nuestro mosquitero. El trayecto lo terminamos en la laguna el Dorado que sirve de origen al río y donde se encuentra un puesto de vigilancia. De esa segunda tarde-noche, recuerdo el refrescante baño en la laguna cuidando de no cruzarnos con algún animal salvaje; del cielo en tonos naranjas y rojos producto del ocaso; de la suculenta carachama asada, ese pez de pinta prehistórica que guarda baja su coraza una suave y carne blanca que no he vuelto a probar en mi vida; recuerdo también la imposibilidad de comer o conversar en medio del ataque despiadado de mosquitos que
atravesaban la ropa que llevaba puesta, las marcas quedaron por varias semanas a mi regreso; y recuerdo al guardia enfocando con su linterna en medio de la noche alrededor de la cabaña y descubrir decenas de ojos brillantes como estrellas que señalaban que estábamos rodeados de caimanes de todos los tamaños. Ha sido el mayor contacto con la naturaleza que he tenido. Contacto fascinante y brutal porque la naturaleza es así seductora y agresiva a la vez. Fue esta experiencia la que despertó mi interés por la fotografía. Aquella vez con mi Kodak de rollo sin mayor conocimiento de cámaras, creía que acercándome lo más cerca posible a los insectos podría conseguir espectaculares imágenes. Fue el mayor desperdicio de rollos que hice. Desde entonces no me he detenido hasta tener un conocimiento básico sobre
macrofotografía. Sin embargo, hasta ahora no he vuelto a encontrar un lugar con tanta diversidad de insectos posando sin el menor temor al lente fotográfico.

Pacaya-Samiria fue también la oportunidad de conocer historias dignas de admiración. Recuerdo a Medardo nuestro guía quien días antes había participado en un taller de violencia doméstica que había dirigido. Aprender una minúscula parte de su conocimiento de la selva o compartir su casa y cocina en el suelo de la única habitación que los alojaba ha quedado grabado en mi memoria. Recuerdo a Christian quien me encandilaba con sus increíbles historias transportando madera por el río desde el interior de la selva; sus relatos de cigarras y arañas machaco me hipnotizaban.

Me queda pendiente visitar el Pacaya en época de vaciante cuando al desaparecer las aguas quedan pozas casi infestadas por peces, los mamíferos se acercan al Yanayacu y amplias playas quedan descubiertas para que pobladores utilicen para la siembra. Sin embargo, no es barato conocer el Pacaya-Samiria. En una rápida vista por la oferta turística online me doy cuenta que es poco accesible al bolsillo. Quizás esto le asegura mantenerse alejada de la invasión citadina.

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